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Miércoles, diciembre 12, 2018
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125) El proceso grupal transita fases diversas, ¿A lo largo de ellas vamos progresando? 

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125) Es decir, que el proceso grupal va transitando por fases diversas y es a lo largo de ellas y a partir de ir digiriendo los procesos de separación e inclusión, como vamos progresando, ¿no? Algo de cierto debe haber en lo que dices. Se van percibiendo numerosísimos cambios, unos más ostensibles que otros. Desde aquellos momentos en los que todos teníamos sillas fijas a la situación actual en la que los movimientos internos son evidentes, hay todo un antes y un después. Pero también hay modificaciones externas en la forma de vestir, en la manera de sentarse, en la comunicación que se establece entre ellos, en la calidez y afecto que se desprende en cada sesión. Y cambios en la vida real: la viuda está mucho mejor e incluso ha comenzado a ampliar su círculo de amistades, el de los ojos azules ya no tiene esa actitud como seductora, ya pelea y discute, se le ve con más entidad. Y así podría ir subrayando aspectos, a mi modo de ver, importantísimos. Cambios que han afectado en muchos casos a la vida familiar. Personas que anunciaban la posibilidad de separación se han podido reencontrar con su pareja. O a nivel laboral. Vamos, que estoy sorprendida. ¿Todo esto son cambios importantes, no?

Pues desde mi punto de vista, sí. Los procesos de cambio no pasan sólo por una modificación de la sintomatología ya que ésta, en realidad, alude a una forma patógena de realización del individuo en el seno del grupo en el que está. Cuando esta forma desaparece o se modifica, la sintomatología también lo hace. Posiblemente no desaparezca totalmente, lo que es indicativo de la complejidad de la vida psíquica y de lo complejas que son también las interdependencias que hemos establecido y establecemos con el entorno, con los nuestros. Los cambios externos que visualizas en el grupo (cambios de lugar, de vestimenta, de formas de relación) se corresponden a cambios internos importantes. Y cambios en la vida, en los niveles de satisfacción, de realización personal en el seno del grupo y que quedan restringidos por la complejidad también del grupo en el que están. Y estos cambios hay que subrayarlos. Con frecuencia omitimos, por lo que sea, la valoración de estas modificaciones con lo que abandonamos al paciente a su propia suerte. Creo que es importante subrayarlos, es decir, es importante que oigan de nosotros lo que a nuestro entender estos cambios, aparentemente menores, indican. Y no sólo eso. Cada vez estoy más convencido de la necesidad de ir subrayando las modificaciones que se dan a lo largo de períodos más o menos largos de tratamiento y que hablan de reestructuraciones de las interdependencias vinculantes con las que nos constituimos a diario. El paciente no necesariamente tiene conciencia de modificaciones significativas, la distancia con la que se percibe suele ser pequeña y no siempre tiene la capacidad de valorar los cambios que se dan en él. Es cierto que en ocasiones nos comentan que otros les han dicho que se les ve diferentes, más calmos, más tranquilos. Pero creo que también tenemos que ser nosotros, tú, en este caso, quien haga hincapié en ello. Al igual que el resto de los miembros del grupo.

 

Yalom, recordarás, nos hablaba de los factores terapéuticos. No fue el único ya que otros autores también también lo han hecho. Ahora bien, en este momento creo que es necesario considerar cómo algunos de estos factores deben ser recogidos y activados por ti, por el conductor de grupo. El primer factor que señala este autor es el de “Infundir esperanza”. Sosteniéndose en los trabajos de otros autores que confirman la importancia de este aspecto, nos habla de cómo los pacientes suelen comentar al final de la terapia que haber presenciado la mejoría experimentada por los demás les ha infundido gran esperanza respecto a su propia mejoría (1996:26). Y en otro lugar (2000:26), vuelve a señalar que el infundir y mantener la esperanza es crucial en toda psicoterapia. Ahora bien, ¿qué supone eso? Pues sencillamente que si tú no crees que todos estos esfuerzos que estás haciendo y promoviendo que se realicen son realmente importantes, válidos, útiles tanto a nivel de cambios de estructura como de cambios en aspectos de la vida cotidiana, entonces no estás facilitando creer en lo que se está haciendo. Y en consecuencia, el grupo no va a ir bien. Esto conlleva que te sientas capacitada para ello y que creas, que estés auténticamente convencida de que de la capacidad que tienen los miembros del grupo, que tenéis los miembros del grupo, para establecer una relación de confianza, de libre comunicación de afectos, sentimientos, pensamientos, opiniones… de esa capacidad depende muy mucho su recuperación; es más, que ésta es visible porque ya se están dando cambios importantes en ellos. Lo que sucede es que en ocasiones nosotros, involuntariamente, nos aliamos con esos pensamientos que también emergen en el grupo y que tienden a desvalorizar el trabajo. Pensamientos como «bueno, si he mejorado no me voy a creer que es sólo por el grupo…», o «en realidad la mejoría proviene de otras cosas que hago, y no tanto por el venir aquí». Frases como estas hablan de otra cosa: del pánico que da pensar que posiblemente gracias a estar en este grupo, gracias a las interdependencias normogénicas que se han establecido en él, la mejora ha sido posible. Pánico porque si esto es así, ¿cómo voy a pensar en la posibilidad de poner punto final a este proceso que me está ayudando? Pero la primera persona que debe creer en lo que hace eres tú, por lo que el subrayar las modificaciones que observas, aunque parezcan menores, es de vital importancia. Por ejemplo, el hecho de que alguien haya restablecido una relación con un familiar con el que no se hablaba, o que haya ido a comprar una cosa cuando antes era incapaz, o que simplemente ha comenzado a lavarse. Los cambios no son nunca espectaculares. Son microcambios, cuya suma genera grandes transformaciones.

Hay, siguendo a Yalom otros elementos como el de la universalidad, pero posiblemente sea necesario subrayar uno de ellos: compartir información. Los miembros de los grupos suelen hacerlo de forma más o menos espontánea. Pero, ¿la compartes tú? Eso significa que es importante explicar a qué corresponden los cambios que se están dando, o cómo entiendes tú los procesos que ocurren ante tus ojos. Por ejemplo, si lo que estás constatando en una persona, cuyos niveles de exigencia eran muy elevados, es una mayor capacidad para relajarse, para tomarse las cosas un poco más tranquilamente, igual conviene indicar que aquellos aspectos normativos que posee parece que ejercen menor presión sobre aquellos otros aspectos que guían lo que uno quiere o no hacer. (y ahí puedes incluir imágenes como la de la Rottenmeyer, o la del General que tenemos dentro, ahí muévete con toda la capacidad pedagógica de que dispongas) Es decir, procurarás un reforzamiento del yo. O por ejemplo, que la dificultad en el control de los elementos impulsivos (hay quien habla que tiene un tigre dentro que a la mínima salta) va disminuyendo y se va pudiendo dialogar o manejarlo mejor, o… Ejemplos, los que quieras. Pero informar de cómo vamos entendiendo las modificaciones psíquicas que se dan en cada sujeto y en el propio grupo, es muy conveniente.

Cuando un miembro del grupo es capaz de darse cuenta de que los demás, y también el conductor del grupo, le subrayan cambios que se están dando en él, cuando es capaz de disponer de testigos del cambio, de puntos de referencia que indican movimientos no sólo en lo concreto sino incluso que esos movimientos tienen una cierta representación psicológica, entonces mi esperanza de cambio aumenta. Y es que los humanos necesitamos de puntos de referencia para poder valorar lo que hacemos. La subjetividad de los cambios cuando viene avalada por la objetivación de los mismos, permite comenzar a creer en lo que uno está haciendo.

La integración de elementos constituye el objetivo básico de la Función Verbalizante, de forma que aquella primera división de la que nos hablaran los diversos autores desde el psicoanálisis, vaya dando paso a una unidad coherente consigo misma, acorde con lo que uno siente, piensa, percibe y desea. Esa coherencia que es un estado dinámico de equilibrio y desequilibrio permanente, supone disponer de los recursos mentales necesarios para poder integrar los diversos hechos del vivir, y reutilizarlos para beneficio personal y del grupo con el que inexorablemente formamos una unidad.

 

 

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