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Miércoles, diciembre 12, 2018
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118) Pero esto es la emergencia de elementos agresivos, ¿Qué hago entonces? 

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lidiar con agresividad

118) Pero esto es la emergencia de elementos agresivos y, si no recuerdo mal, tú mismo los recoges como elementos antigrupales. ¿Qué hacer entonces? Porque parece que con esa manera de cambiar el registro desde el que se escucha algo, quitas hierro al tema y desaparece lo agresivo, ¿no?

La agresión o mejor, un clima de agresión acaba siendo el elemento antigrupal por excelencia. Y si bien ha habido momentos en la historia de la psicoterapia en los que se creía que era bueno «soltar todo lo que está reprimido», esa actitud acaba siendo un elemento antigrupal. Y esa connotación derivaría del hecho de que se puede llegar a que sea la agresión, o la expresión de afectos agradables los que acaben teniendo entidad propia en el grupo, abandonando lo ocasional, lo momentáneo. Porque una cosa es que el clima que se cree sea de agresión casi continua, de enfrentamientos que acaban no conduciendo sino a la disolución del grupo, y otra es que no emerjan agresiones, momentos de tensión y uno busque hacer un grupo en el que nunca pase nada. La agresión física está totalmente vetada. La agresión verbal también; pero en ocasiones sí aparecen puntas como las que explicas, en las que hay que intervenir recogiendo lo que ha sucedido y trabajarlo para que sea algo beneficioso para todos. El tema es cómo hacer para que lo agresivo no paralice la capacidad de pensar. En tanto que nos regimos por las normas habituales, cualquier cosa podría desencadenar una guerra; pero si somos capaces de mantener la capacidad de pensar, entonces lo que sucede puede ser pensado, eso es, digerido de manera que podamos llegar a entendimientos y no a enfrentamientos. Aunque a veces eso es imposible.

 

Curiosamente, la agresividad en los grupos no es algo que esté muy recogido en los textos grupales. Y llama la atención porque creo que nosotros somos entre otras cosas técnicos en enfados, o sea «cabreólogos», como suelo decir. Y esta misma sorpresa también la expresa Nitsun, si bien la centra en la obra de Foulkes. Por lo que he ido viendo, sólo Slavson (1976) le dedica todo un capítulo y en él, trata la agresión como un factor absolutamente integrado en la naturaleza humana y distinguiendo cuatro tipos de agresión, atávica, filogenética, ontogénica e instrumental, y diferencia agresión de hostilidad. El objetivo de la hostilidad es el de dañar o destruir a su blanco, objetivo que no es el de la agresión (1976:425). En este sentido creo que la hostilidad es claramente antigrupal y antisocial. Y cuando en un grupo se instala la hostilidad resulta muy difícil reconvertirla en algo más digerible. Por lo general, dicho sentimiento, que en ocasiones es compartido por varios miembros y va dirigido a uno no deja, de expresar las graves dificultades que tienen quienes se expresan así de poder integrar aspectos ajenos en su propia identidad personal. La hostilidad suele venir acompañada de desprecio, de ignorar al otro, en un juego perverso que anida en la soberbia humana, en la profunda debilidad de quien o quienes precisan considerarse por encima del otro para mantener su identidad. Evidentemente cuando la hostilidad pasa a la actuación agresiva, el agresor debe ser excluido del grupo. Y deja en el grupo una herida profunda. Fíjate que estamos hablando de aspectos que tienen mucho que ver con la activación de elementos psicóticos que obedecen a reacciones muy primarias. Aquí la agresión va acompañada de fantasías psicóticas de destrucción, de devorar, desmenuzar, zaherir, obedeciendo a órdenes de poder omnipotente, devastador, de un ser grandioso y con poderes ilimitados.

Otra cosa es la agresión, versión más socializada de los elementos destructivos. Y es cierto que se cuestiona sobre la capacidad del grupo para contener una determinada dosis de agresividad, calificada por Slavson de patológica cuando la intensidad de la agresión no favorece una adaptación personal eficaz ni la supervivencia del grupo, y excede los límites de los controles y la racionalidad ordinarios (:429) añadiéndonos la idea de que en ocasiones esta agresividad toma forma de retracción como puede ser en el caso del mutismo, tartamudez, sumisión, indecisión, letargo, apatía, desconfianza, timidez, docilidad, abstención huida y los esfuerzos por congraciarse. (:429).  Otros autores, como pueden ser Rutan y Stone,  tan sólo lo deslizan dentro de los aspectos afectivos o dentro de lo que denominan «pacientes difíciles». Y es que la agresividad o su opuesto, la excesiva docilidad y simpatía, muestran las serias dificultades con la que los humanos nos encontramos ante el hecho de incorporar a otras personas o aspectos parciales de las mismas. Pero estas dificultades no deben ser vistas sólo desde el punto de vista negativo: sin agresividad, sin una dosis de la misma, los humanos no podríamos subsistir. ¿Cómo masticaríamos un pedazo de carne si la agresión que supone hincarle el diente es vista como algo negativo? ¿Cómo podemos poner límites a las cosas si consideramos que  ponerlos es una agresión negativamente entendida al otro? La agresividad y sus múltiples manifestaciones (desde un «no» hasta una cobarde sonrisa) no dejan de ser sistemas que tenemos para poder trazar las distancias precisas para nuestro desarrollo. Y sólo cuando la forma de expresarlas y la actitud que las acompaña viene acompañada por el deseo de destruir al objeto de nuestra agresión, sólo entonces es cuando esta agresividad puede ser contemplada como patológica.

En el terreno grupal observo que, si dejamos a parte a Slavson, el único texto que habla claramente de los elementos agresivos en la psicoterapia de grupo es el trabajo de Nitsun y su teoría del Antigrupo. Como si abordarla nos diese un cierto reparo, agitase un viejo fantasma que probablemente tenga que ver con nuestro momento histórico cultural (el del Occidente actual y en particular el europeo) más que con otras cosas. Muy posiblemente en la realidad de dos guerras prácticamente seguidas y de un nivel de destrucción y de odio inimaginables esté en el substrato de todo ello. Parece que, a pesar de que en pleno siglo XX y en el XXI siguen habiendo guerras en amplias zonas del planeta, haya como un empeño en considerar al hombre más desde una perspectiva romántica que desde la crueldad de nuestra capacidad de odio y destrucción. Seguramente si fuésemos capaces de asumir realmente que esa faceta la expresamos en lugares tan alejados de los campos de batalla como lo serían el metro, en la conducción, en los planteamientos políticos, en las aulas…, entonces podríamos comenzar a tomárnosla en serio y dejar de considerar que es cosa de otros. El negarla no la anula sino que la acrecienta. El buenismo en las relaciones como en la política, puede acabar siendo el peor de las agresiones al colectivo y el caldo de cultivo de corrientes muy destructivas para el individuo y la sociedad.

No creo que la agresividad nazca de en un grupo o en un grupo en particular sino que es inherente al género humano. El hombre es un ser que presenta una fuerte reacción agresiva no sólo frente a la naturaleza sino ante sus mismos congéneres llegando a organizarse para eliminar físicamente a quienes ponen en peligro, real o imaginario, algún extremo considerado básico. La guerra es algo que parece que llevamos en nuestra sangre. Son situaciones en las que las fantasías psicóticas que señorean por el individuo y por el grupo adquieren visos de ser la realidad en la que se vive, no pudiendo considerar los aspectos de omnipotencia, control mágico sobre la vida del otro, ideación megalomaníaca de uno mismo o del grupo, incapacitación para poder pensar y por lo tanto un desvirtuar las percepciones que se tienen de la realidad en la que se vive, nos conducen a desear y tratar de conseguir la destrucción del otro en el que hemos proyectado todos los aspectos que uno no puede asumir. Y por eso la agresión al otro reviste formas que en ocasiones están preñadas de hostilidad (recuerda ya que Caín fue el primer asesino mítico de nuestra historia). Y sólo una respuesta contundente por tu parte servirá para paralizar una disputa.

Desde la noche de los tiempos el ser humano trata de ir conteniendo esos elementos que real o ficticiamente pueden activar las fantasías de agresión, y ha ido desarrollando una serie de normas de funcionamiento que tratan de controlar esos mismos impulsos. Fíjate como el proceso de la civilización es un complejo esfuerzo por controlar las manifestaciones agresivas en tanto que son lesivas hacia el otro. La misma disposición de los cubiertos en la mesa, por ponerte un ejemplo, es una clarísima consecuencia de un esfuerzo por evitar que los elementos agresivos queden demasiado a la vista y puedan ser mal interpretados. Y si seguimos por la misma senda, fíjate que las normas de educación que los occidentales nos hemos ido dando, éstas que deberían estar presentes en nuestro proceso educativo, no son sino pautas de relación que contienen, controlan, la expresión de lo agresivo. La agresividad, pues, es algo que está presente en el hombre y en sus actuaciones. La agresión como una de las formas de manifestación del poder del hombre sobre el hombre. Elias en su Proceso de la civilización, deja bastante claro cómo a través de este proceso los hombres nos vamos dotando de instrumentos que controlan la expresión de los afectos, en especial la de los agresivos. Y en el proceso que llamamos de civilizarnos actúan las fuerzas de poder interpersonales para acabar siempre estableciendo un determinado ordenamiento humano en el que unos están por encima de otros. «Juegos de manos, juegos de villanos» dice el saber popular que trata de contener aquellas conductas, en ocasiones de tipología agresiva, al tiempo que establecen un determinado orden, villanos, señores. Elementos agresivos que, como bien señala Volkan emergen cuando se percibe la posible pérdida de la identidad individual o colectiva. Esa vivencia de la pérdida de la identidad activa procesos psicóticos que emergen y desbordan, en ocasiones, las capacidades de control yoicas.

El grupo, elemento resultante de las relaciones que se dan entre los que lo componen, también es un lugar en el que se deben poder trabajar estos aspectos. La agresividad tiene dos componentes: uno protector y necesario para la vida cotidiana, y el otro, destructivo de la misma. En el grupo vamos a tener que trabajar los aspectos destructivos para convertirlos en elementos protectores y necesarios para el desarrollo de las personas que lo constituyen. Tomar en consideración los elementos destructivos supone ayudar a tomar consciencia de que todos tenemos este componente. ¿Podría haber sustituido la expresión «facha» por otra más acorde con la situación? ¿Por qué se necesitaba utilizar una expresión “dañina” para expresar un desacuerdo u otro sentimiento cualquiera? Porque posiblemente, sin descartar la propia penetración de los elementos sociales (traslación, Pat de Mare) en la vida del grupo, no esté tanto en la palabra cuanto en el tono con el que se dice. Tono que, como dice la propia expresión del hecho, expresa un enganche entre uno y otro. «Se engancharon en una discusión», decimos en ocasiones. Ese engancharse, ese establecer un vínculo de unión mediante una expresión “odiosa”, anuncia otro aspecto de la agresividad: que la unión entre dos personas en algún o algunos aspectos de ellas parece que sólo pudiera resolverse sino a través de la agresión. Como si la fantasía de quedarse fundido en el otro, enganchado al otro sólo pudiera resolverse mediante la agresión. Y es cierto que muchas veces para separarnos de un objeto que tenemos muy cerca recurrimos a empujarlo. En este gesto, ¿quién se aleja de quién?, queda patente que en estos momentos de agresión el temor a ser tan igual al otro acaba aterrorizándonos. Esto sucede también en la política. Cuando dos personas se parecen mucho, cuando hay aspectos muy similares entre ellos, la única forma que encuentran de establecer otra distancia es a través de la agresión, del rechazo, de… Es decir, que ese tono que resulta insultante, posiblemente sea una forma desesperada de apartar de sí algo que el otro muestra y que no puedo tolerar.

Hay otro tipo de agresión que tiene otra connotación: es «el pique». Hay quien goza de picar al otro, de picarle para provocarle. Para que «salte». Hay en este juego otro componente mucho más lúdico, placentero. Hay un componente libidinoso que nos lleva en muchas ocasiones a establecer este tipo de combates cuerpo a cuerpo en donde lo que se dilucida no es un problema de quien es más que quien o un rechazo al otro, sino todo lo contrario. Se busca un acercamiento, un contacto piel a piel, una forma amorosa, de placer, que no es sino la expresión del propio eros. Y en ocasiones esto no se tolera. Por las connotaciones, precisamente, eróticas del juego del pique. ¿De qué estamos hablando en este terreno? De formas substitutivas de la relación erótica, independientemente del género de cada uno de los contendientes. Pero ¿ves?, no porque tenga este acento debe ser tratado o tolerado de forma que no quede explícito qué se está moviendo en el terreno de juego. Ello supone reconocer, verbalizar de alguna forma, que se está bien, que se disfruta de la relación con el otro, que hay un placer en el contacto intelectual, lúdico, entre algunas personas del propio grupo.

Hay otras formas de agresividad grupal. La ironía, los juegos de palabras con connotación agresiva, las miradas de complicidad excluyentes de un tercero, las expresiones mordaces… aquí entramos en un terreno más complejo que viene muy condicionado por la capacidad intelectual de quienes están en el grupo, y que creo que no se debe pasar por alto, ignorar, o incluso, coparticipar en una especie de «complicidad» dañina para el desarrollo del propio grupo. Creo que esta forma de agresividad es mucho más grave que la primera. Recuerda que «de los toros mansos líbreme el Señor, que de los bravos ya me libro yo». Es justamente en este terreno en el que debes moverte con mayor contundencia ya que, de no hacerlo, va quedando inscrito en la matriz grupal la tolerancia a una agresividad dañina y callada. Un ejemplo puede ser el de los motes. En ocasiones el grupo pone un mote a alguien no tanto desde la vertiente cariñosa sino desde la dañina. Ahí el conductor debe ser rotundo. En ocasiones esto sucede en los grupos grandes, lo que trae un daño implícito mucho mayor. Un ejemplo típico de mote es el de la terminología psiquiátrica: el obsesivo, el paranoide, el ninfómano… son formas que creo deben desecharse de todo sistema de relación en el grupo.

Finalmente hay la agresividad inherente a lo que pudiera ser «la novatada». Aquí hablamos de otra cosa. La novatada en un grupo, si bien es la expresión de las reacciones contrarias a la aceptación de un nuevo miembro, no deja de ser también una forma de incluirlo. Recuerdo en una ocasión en la que los miembros de un grupo al que se había incorporado un nuevo componente, llegaron cinco minutos tarde para que se encontrara «sólo ante el peligro», es decir, que temiera que nadie le iba a acompañar aquel día. Encontrarse en esta situación, debe ser chocante. Si nos pusiéramos en la más fina ortodoxia posiblemente podríamos escandalizarnos y subrayar el carácter transgresor de tal conducta o sus componentes de actuación. Cierto. Pero en esto nuestra cultura nos acompaña y la comprensión de las dinámicas de incorporación a un grupo nos ayudan a aceptarlas como grados de iniciación que no tienen otra finalidad que la de poder dar la bienvenida a una persona.

La comprensión de lo agresivo como forma de alejar al otro o alejarnos de él por la cantidad de elementos que nos sugiere y ante los que no tenemos muchas respuestas al tiempo que establecemos un determinado orden en el grupo, es un componente más de la Función Verbalizante en la que estamos embarcados. Poder verbalizar lo molesto y lo agresivo sin tener que pasar a la actuación de dicha agresividad es un paso evolutivo necesario para poder seguir en grupo y proteger la especie, fin último de todos los esfuerzos humanos.

 

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