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Miércoles, diciembre 12, 2018
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113) Siento que si comienzan a haber tensiones, el grupo se convertirá en “uno malo” 

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113) Ya, pero entonces siento que si comienzan a haber tensiones en el grupo, éste se convertirá en un grupo malo. El otro día, por ejemplo. Llevábamos varias sesiones en las que se percibía un buen clima de trabajo, un «buen rollo» entre todos, abordando temas de especial relevancia; pues bien, de pronto giró el viento y comenzaron a aparecer tensiones que me desconcertaron. Todo a raíz de que uno de los hombres, el de los ojos azules, llegó tarde; en realidad no suele hacerlo, pero en las últimas semanas su vida ha dado un giro y ha comenzado a desarrollar una serie de actividades profesionales que van en la dirección opuesta a lo que hacía normalmente: ha pasado de estar arrinconado sin atreverse a hacer nada, a un elevado grado de actividad; lo que le dificulta llegar pronto. Pues el grupo protesta. Y eso ocasionó un revuelo que llegó a asustarme porque si bien hay un componente de falta de compromiso (que no se percibe en su actitud), por otro lado hay razones que hacen pensar que si no viene antes es porque lo que está desarrollando se lo impide. Le dijeron de todas: que si no tenía compromiso con los demás ni consideración, que así no se podía contar con él para nada… y cuando abogué por su esfuerzo hubo quien se enfadó conmigo diciéndome que tenía un trato privilegiado con él, que hacía diferencias entre los miembros del grupo. Eso me asustó mucho más porque ciertamente me doy cuenta de que no veo a todos por igual. ¿No es peligroso que los pacientes consideren que el grupo se convierte en algo malo como consecuencia de las tensiones que emergen? ¿Cómo podría contener todo eso?

Contenerlo es una buena expresión. Recuerda la idea de Bion por la que el conductor, como la madre, precisa contener y elaborar las cosas que suceden para que luego, una vez devueltas al hijo, éste pueda asimilarlas mejor. Pero contener no quiere decir evitar que emerjan conflictos. De hecho, si aparecen es que hay interés por la tarea, por el otro. De hecho se hacen cargo de la parte correspondiente a la Función Presencial y le exigen que venga. La cuestión es cómo contienes, a quien contienes y cuando lo haces; y también cómo valoras el esfuerzo por pedir el compromiso y la presencia. Aparte de esto hay otro punto a considerar: el grupo no es una entidad compacta, ajena a los miembros que la forman. Cuando las personas decimos cosas como «el grupo es el responsable», como cuando los políticos hablan de sociedad como entidad en sí misma, en realidad estamos construyendo una entidad ficticia que puede acabar dañando a las personas que la constituimos. Cada persona es la responsable de su parte alícuota. Si el grupo «no es suficientemente bueno» significa que los que lo constituimos no somos suficientemente capaces de entendernos, comprendernos, ayudarnos en este trabajo. Lo que no quiere decir que no haya tensiones, sino que éstas no se resuelven. Posiblemente las emociones que emergen sean suficientemente fuertes o importantes como para paralizar la capacidad de pensar. Como veíamos antes, en este mismo capítulo, es a donde debemos ir. La función de contener tiene que ver con el ser capaces de seguir desarrollando nuestra capacidad de pensar a partir de lo que sentimos. En ocasiones no es posible. Hay momentos en los que esa capacidad debe ser postergada porque la cantidad de emociones que están implicadas lo impide. Pero tu función y la de los demás es ir trabajando para restaurar la capacidad de pensar.

 

Decía Nitsun que en todo grupo se desarrolla un componente que va en la dirección contraria a los objetivos que el grupo se plantea, y bautizaba a este componente dinámico, antigrupo. Y nos decía que este desarrollo se articulaba en torno a algunos componentes como podían ser la ansiedad del grupo, los fenómenos regresivos del mismo, los fallos en la comunicación que pudieran haber entre nosotros, la identificación proyectiva entendida como aquel mecanismo que atrapa e impide pensar, y la envidia. Fíjate si no tenemos material de sobras como para ir explorando lo que nos sucede cuando calificamos al grupo de «no suficientemente bueno», o «malo» a secas.

Como ya te he señalado, la tarea del conductor del grupo, más allá de constituirse en el eje o mástil del pajar en torno al cual va disponiéndose y entretejiéndose todo el material que se aporta, consiste también en ir dirigiendo al grupo hacia la expresión y exploración de las circunstancias que rodean y caracterizan las relaciones de los miembros entre sí. El conductor no es siempre el miembro pasivo del grupo que, funcionando en paralelo a lo que pudiera ser el psicoanalista respecto a un paciente individual, permanece callado y a la espera de los acontecimientos. En ocasiones, posiblemente en muchas más de las que nos imaginamos, es una figura que de forma activa va dirigiendo al grupo a la consideración del aquí y ahora, y a la restauración de la capacidad pensante. Por esto y desde el principio, hay una tarea traductora del lenguaje verbal y del no verbal al idioma de las interrelaciones y de los sentimientos que de ellas emergen. Eso significa ir aclarando y determinando las razones de la ansiedad en el grupo, las de los comportamientos regresivos, las derivadas de problemas en la intercomunicación entre los miembros,  aclarando qué aspectos no podemos entender ni deseamos ver y que giran en torno a las vivencias de Identificación proyectiva, y, por supuesto, a los que provienen de la Envidia que sentimos los unos hacia los otros.

Te decía que tanto ese sentimiento como los celos son los elementos más destructivos, junto la identificación proyectiva, de un grupo. La envidia de lo que hace, tiene o aspira a alcanzar el otro puede muy bien paralizar el desarrollo individual y colectivo. Y aquí tienes un ejemplo, porque en la situación que explicas hay un componente que tiene que ver, creo, con el compromiso con la tarea. El llegar a la hora, el ser fiel al grupo es una de las cláusulas de nuestro contrato. Pero al mismo tiempo, ¿qué hacemos con el otro componente que detectas? Parece que los demás miembros no toleran que esa persona vaya realizando desarrollos personales. Habría que ver si esas protestas tenían más que ver con eso que con otra cosa. O quizás por los celos que aparecen por ser esa persona, de ojos azules, la que te tiene atrapada desde el primer día, ¿no?

La envidia que los miembros del grupo pueden estar sintiendo por las evoluciones que realiza el de «los ojos azules» en realidad se corresponden a la rabia que sienten hacia ellos mismos al verse atrapados en una situación que no les permite ni autoriza a evolucionar. Cuando nos quedamos atrapados en lo que Stone (1992) califica como una variación de la rabia narcisista (Nitsun, 1996:129), en realidad de lo que estamos hablando es de la paralización de determinados lazos de interdependencia que nos vinculan a aspectos del grupo familiar que tienden más a primar lo estático que lo dinámico, lo autístico frente a lo altruista y generador de vida. Esa paralización queda evidenciada por el movimiento del otro y que intentamos, a toda costa, detener. La envidia sería eso y que va en dirección contraria a la admiración. Cuando se admira algo de alguien, se recibe como algo que nos enriquece y que puede servir como modelo a imitar, estímulo para mi propio progreso. Cuando se le envidia, todo lo que aporta esa persona es vivido como algo dañino y que hay que destruir.

Lo que sucede en la situación es que, además, se la añade el elemento celoso. Y los celos, posesivos por ellos mismos, no pueden tolerar que tus ojos se fijen de manera especial en los de ese hombre (tú eres mujer, ellos son mayoría mujeres) de ojos azules. Y esa dificultad para poder tolerar y aceptar que nunca miramos a todos los pacientes por igual, manteniendo una vieja teoría omnipotente de control sobre el otro, es la reproducción de la constatación de que nunca los padres miran a todos los hijos por igual: en una familia sana, cada hijo es querido por lo que es, desde sus propias cualidades y sus propios defectos, no en comparación a otros hijos, queridos en su esencia individual y particular, aceptando que esa individualidad hace que los vínculos de interdependencia con unos y con otros sean diferentes. Pero cuando esta vivencia se reactiva en el grupo, al deseo de exclusividad se le añade el de eliminar a quien me la disputa.

Y por otro lado estás tú, atrapada por la propia situación de envidia que percibes entre ellos, y por los elementos que te atrapan a esos ojos azules y que es traducido como la constatación de que sus ojos son menos vistosos. Entonces tú tampoco tienes en consideración a los demás en un nivel de igualdad que es otra de las fantasías infantiles que reproducimos con frecuencia.

Si desde la Función Verbalizante podemos incorporar las dificultades que tenemos frente a modificaciones que se dan en las interdependencias vinculantes entre nosotros, es que hemos avanzado mucho. Los cambios que se dan en los miembros del grupo conllevan los propios en el seno del mismo y por lo tanto una renegociación de los lazos que nos entretejen. Poder asumir la admiración y colocarla en el lugar de la envidia, poder compartir el afecto que no precisamente es excluyente por la idea de Koinonia (Pat de Mare), de comunión entre los componentes del grupo, permite un cambio paradigmático en las formas de entender las relaciones del individuo con el resto de los componentes del grupo y, por extensión, con la propia sociedad.

 

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