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Miércoles, diciembre 12, 2018
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107) El grupo acabó bien pero después la Sra. no apareció. Nos ha dejado tocados… 

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107) Pero lo que sucedió después me preocupó mucho más. El grupo acabó bien, pero en la sesión siguiente la Sra. B., no apareció. Esto nos ha dejado bastante tocados ya que había caído bien a todos y parecía que se integraba sin dificultad al grupo. Cierto que no contaba muchas cosas, pero estaba. Creo que algo de aquel día le afectó hasta el extremo de abandonar el barco, el grupo. Han pasado varias sesiones y la Sra. en cuestión no ha vuelto. ¿Qué hago? ¿Debo llamarla, intentar saber qué ha pasado o dejarlo correr?

Entiendo el susto que tienes porque un abandono así de brusco nos daña y le daña. Pasa con relativa frecuencia. Y sobre todo en períodos de intenso trabajo y cercanía personal. Es como si en un momento determinado, uno cae en que se dicen y cuentan cosas que le afectan. Y entonces aparecen varias respuestas: o la persona plantea la situación en el grupo dando pie a una buena solución; o lo hace al conductor de forma personal, dándose la oportunidad más de seguir: pero ese comentario aparte puede dañar un poco la fiabilidad del grupo. También es posible que opte por el abandono. El abandono, entendido como dejar el grupo sin explicación o sin la posibilidad de que el grupo pueda tratar de recuperar a la persona que se va. Y este tipo de abandono durante la primera fase es frecuente. Y duele, duele a los miembros del grupo (en este caso a la señora A.) y al conductor. Por muy bien que hayas realizado la selección de personas para constituirse en grupo, siempre hay cosas que se escapan de nuestro control. Y, además, está la libertad de cada cual en seguir o no un determinado tratamiento. La cuestión en todo caso es ¿cómo te has quedado, y cómo quedó la Sra. A., y los demás?

 

Los abandonos aparecen con una relativa frecuencia. No son sucesos anodinos ya que cuando alguien abandona el grupo deja una estela de dolor e impotencia grandes. Como conductor te planteas una serie de cuestiones de difícil respuesta muchas de ellas. Y tras el abandono también te preguntas sobre si debes o no llamar, si debes seguir el rastro que dejó para tratar de saber de su estado o dejar que sea la libertad de cada uno la que le lleve a volver a consultar contigo o con otros profesionales del centro; o de otro ajeno. Y te recuerdo que también tú te planteabas si dejar al grupo a su aire y buscar otras playas: o sea en ti había un sentimiento parejo al de esa persona, sólo que ella sí abandonó el barco. Estas son preguntas que no sólo hacen referencia al tratamiento sino a la propia vida, ¿quién no ha pensado en más de una ocasión abandonarlo todo, o incluso la propia vida? La huida, el abandono, el suicidio, están dentro de las posibilidades que tenemos las personas ante la vida. Y aunque no sean aceptables moralmente, existen y habrá que hacer algo para entenderlas.

El abandono es duro y ya lo abordamos en el período anterior. Y decíamos que su dureza proviene en parte porque hiere aspectos narcisistas de todos los integrantes del grupo y este tipo de heridas son difíciles de curar. Emergen cuando uno siente que todo lo que ha hecho por otro compañero le es devaluado o incluso negado. Hay quien se va del grupo dando una patada y asustado ante lo que representaba su vinculación con el resto de los miembros, prefirió marcharse dando un portazo. Frases como «este grupo no me sirve para lo que yo quiero», «aquí se está perdiendo el tiempo y me ha buscado otro tratamiento mejor», o incluso más duras «hay personas aquí que son tan egoístas que no son capaces de ayudarme, sólo piensan en ellas», duelen. Son descalificaciones totales, y hablan de la incapacidad para reconocer nada de lo que se les ha podido ofrecer. Y cuando esto ocurre, incluso sin dar la cara sino mediante una nota, un correo o una llamada telefónica, el grupo queda muy desconcertado, herido. Esto puede suceder en cualquier momento del desarrollo del grupo y los efectos serán muy diferentes, como también son las maneras de presentarse.

El abandono al inicio del tratamiento daña, pero relativamente. Sobre todo si se da tras la primera o primeras sesiones. En este primer caso, podríamos pensar si en el proceso previo al grupo trabajamos suficientemente con esta persona como para que pudiera hacerse una idea de lo que le pedíamos; o si su selección obedeció a criterios clínicos o a la necesidad de cubrir el cupo que teníamos para dicho grupo; o deseaba satisfacernos de alguna forma. Ahora bien, si el abandono, como es el caso que planteas, sucede pasados tantos meses desde el inicio, uno tiende a pensar que lo que se le estaba revolviendo a esta persona eran suficientes cosas como para buscar una razón «lógica» y abandonar el proyecto.  Seguramente se le activaron poderosas fantasías de abandono o de rivalidad fraterna, y las actuó. Incluso podríamos preguntarnos si este hecho en esta persona obedece a la reactivación de otros abandonos de los que no se ha podido zafar.  No siempre estamos en disposición de tolerar o aceptar compartir el espacio terapéutico con otras. Ello supone tolerar una pequeña herida narcisista que no siempre uno está en condiciones de permitir. Pero por otro lado, ¿cómo se habrán sentido los demás e incluso la señora A ante el abandono? Eso ya preocupa más.

Cuando el abandono ya sucede en este segundo momento grupal, pasadas las veinte primeras sesiones, los miembros del grupo se resienten más. Las cuestiones que se plantean son muchas y comienzan a ser independientes de si la selección estuvo o no marcada por determinados factores o, incluso, con relación a la idoneidad de tal indicación psicoterapéutica. En unos casos tal abandono puede tener que ver con una especial alergia a todo lo que supone un estilo de trabajo. Sería como si dijesen: esta técnica no me va, no me gusta. Creo que podríamos pensar que tal abandono tiene un marcado carácter agresivo contra el conductor y su forma de actuar o proceder. Es posible, aunque por lo que explicas no en este caso, que se haya establecido entre el conductor y el paciente una cierta corriente competitiva, de liderazgo, de no aceptación de tu papel que, visto lo visto, viene a significar que no le interesa seguir trabajando contigo. Podríamos preguntarnos si los procesos de identificación proyectiva no se han activado de forma que no haya tenido más remedio que marcharse. Ahí es bueno que el conductor se pregunte sobre los elementos contratransferenciales a fin de seguir afinando su sistema de interaccionar con determinadas estructuras de carácter o determinadas patologías. Además, ¿qué significará «le recriminó que se dejase tratar así por él»? ¿de qué estamos hablando? ¿podría ser que se sintiera maltratada por el grupo o por ti? ¿de qué maltrato estamos hablando?

Grotjahn (1979) dice que quienes abandonan: porque no estaban suficientemente motivados, con lo que suelen ser abandonos que aparecen en los primeros momentos del grupo; o la motivación la vinculaban más a un tratamiento de crisis o a una forma de encontrar soluciones rápidas a «su problema» y cuando comienzan a constatar que el recorrido que se realiza es largo, optan por apearse del mismo. Hay otro tipo de abandonos cuyas razones no son tanto intrínsecas al grupo sino a las circunstancias externas que les imposibilitan seguir y que habría que ver hasta qué punto son abandonos o una dificultad real proveniente de la situación de esa persona. Por ejemplo aquellas que tienen que ver con circunstancias laborales o académicas. Te encontrarás con personas cuyo trabajo les obliga a modificar horarios o incluso que han de viajar o que les destinan a otro lugar; pero también que a consecuencia de progresos realizados en el seno del grupo eso les lleva  a encontrar trabajo y no pueden mantener el compromiso que habían aceptado.  En estas situaciones hay quienes piensan más en los elementos resistenciales que en la presión del grupo social que en ocasiones hace imposible seguir un tratamiento. Pero cuando hacemos hincapié en lo resistente creo que dañamos al resto del grupo, y lo dañamos porque le ponemos en una fuerte tesitura de lealtades. Ahí nuestra omnipotencia se lleva el premio.

No es infrecuente que al organizar grupos para personas que están en una situación de crisis vital o en los grupos dirigidos a padres y que habitualmente acaban quedando constituidos por mujeres, por las madres, aparezcan abandonos porque algunas modificaciones les llevan a realizar actividades que antes no hacían y que les imposibilita seguir viniendo, o porque asumen otras responsabilidades familiares que les ponen también en esta tesitura de abandono. Con todo habrá que contemplar qué aspectos de nuestra relación se han introducido para no poder seguir con el trabajo. Quizás una idealización del propio tratamiento, quizás una hipervaloración de las capacidades psicoterapéuticas del grupo o del conductor, quizás la presión social en la que se sostiene que la patología mental no se cura… Todos estos aspectos, están en la base de muchos fracasos terapéuticos y guardan mayor relación con nuestra posición como profesionales insertos en un sistema que no cree o no le interesa creer en la recuperación, en el éxito psicoterapéutico, que en la propia resistencia del paciente. Muchas veces es al propio sistema sanitario al que no le interesa, economía mediante, apostar decididamente por el trabajo psicoterapéutico.

Hay otros casos de abandono o ruptura de los lazos psicoterapéuticos más complejos: aquellos que se van como consecuencia de una reacción violenta. Reacción que habitualmente tiene que ver con la imposibilidad de contener sus impulsos agresivos, que han generado unos sentimientos contratransferenciales muy adversos y aquello que transferían al grupo y a las personas que lo constituyen eran elementos más negativos y destructores que los contrarios. Incluso puede darse el caso de que debas ser tú quien haya de tomar la determinación de que alguien abandone el grupo. Suelen ser situaciones en las que el trastorno, la forma cómo pretende mantener una relación en el grupo, la incapacidad para poder escuchar lo que se le señala o la pretensión de que sólo es esa persona la que debe ser atendida, aconseja tomar la decisión de apartarla del trabajo grupal. Pero todo ello son situaciones que no dejan de hablar y hasta denunciar la profunda crisis vivida desde los primeros años de la vida o de situaciones de gran padecimiento que activaron o potenciaron las vivencias de abandono, ruptura y disgregación, y que ahora no somos capaces, no vemos cómo intervenir para evitar la repetición de la vivencia.

Todas estas circunstancias conllevan mucho sufrimiento en el resto del grupo. Las personas que lo constituyen se cuestionan su capacidad para poder incorporar, contener, sostener a la persona que decidió marcharse o que sencillamente fue invitada a abandonarlo. Y hasta se puede ver que hay grupos que no pueden acabar de incorporar a determinados tipos de personas dada la intensidad de las vivencias del nacimiento de un hermano, de una experiencia nueva, de una nueva situación personal. Por ejemplo, cuando en un grupo quienes siempre abandonan son las mujeres o los hombres… Estas cosas generan una gran insatisfacción, mucho enfado contenido. No es difícil que incluso se realicen acusaciones respecto a si tal o cual comentario o actitud por parte de alguien fue el causante del abandono. En todas éstas y otras circunstancias similares lo que se nos pone sobre el tapete no es sólo la tolerancia o aceptación de la libertad de alguien que por varias razones nos dejó, sino una revisión de nuestra propia limitación, de nuestra propia impotencia, de las capacidades que tenemos para hacernos cargo de determinados montos de angustia y sufrimiento. Y por supuesto, tomar en consideración los elementos agresivos, de enfado, frustración, enojo, disgusto, que todo ello activa en nosotros, incluida tu.

Pero también cabe la posibilidad de que la incompatibilidad sea con el propio grupo. Es decir que los lazos de interdependencia establecidos hayan tenido algo de «maltrato» o de posicionamiento pasivo ante los demás, y que esa conciencia sea la que le haya llevado a abandonar el barco en plena travesía buscando una salida de maltrato también. En estos casos el grupo se queda dolido. Por lo general, todos han realizado importantes esfuerzos para que tal persona se incorpore a él, participe de forma que los demás miembros la vivan como compañera y en las mismas condiciones que están los demás. Hay quien se posiciona ante los demás marcando mucho sus diferencias (de edad, de estatus, de problemática, de cultura, de…) y éstas acaban siendo las razones que uno puede alcanzar a ver para entender que alguien se fue sin más. Pero el dolor en los que se quedan es grande. Dolor por el esfuerzo, por los afectos que se empezaron a dibujar con este miembro; dolor, posiblemente, por haber soportado algunos momentos de tensión o de dificultad. Y si tal suceso se articula, casualmente, con una situación especialmente dura con alguien, entonces el dolor, la fantasía de haberlo expulsado del grupo, el temor de haberlo herido o de haberlo presionado excesivamente, suelen planear en el grupo durante un tiempo. Ahí ya se están cociendo otras aguas: aparece el sentimiento del Narciso herido.

En efecto, cuando la marcha de una persona coincide con algún tipo de tensión en el grupo con alguna o algunas personas, cuando coincide con los esfuerzos del grupo por rescatarla, ese dolor se asocia a dos componentes muy básicos: la rabia que genera y el deseo de que hubiese abandonado antes. Y el otro, con la «expulsión» de un aspecto del grupo que éste no podía tolerar. Aquí comienzan a tejerse otros mimbres que hablan, también, de que el grupo comienza a sentirse como tal, es decir, el grupo ha adquirido entidad  propia. Por esto señalaba lo del Narciso herido. Y en esta tesitura podemos comenzar a hablar de sentimientos que  habitualmente no entran en nuestras conversaciones y que cobran, al tener una repercusión directa en nuestras relaciones, una dimensión mayor. Por ejemplo, la idea de que «somos un buen grupo» queda cuestionada. Y eso, como cuando se nos cuestionan aspectos muy personales, es harina de otro costal.

Pero también de los elementos que colocamos en cada uno de los miembros del grupo (sería algo así, como el rol que asignamos a cada cual) y que en tanto que son aceptados por el grupo, valen; pero en caso contrario, buscamos tácitamente, la forma de sacárnoslos de encima. Es como si en las interdependencias vinculantes que se establecieron, uno de sus componentes aglutinase algo que tiene que ver con el maltrato, el ser «manipulado por otro», y que no pudiese ser integrado en el conjunto de aspectos del aparato psíquico grupal. O lo que es lo mismo, en la mente grupal no podía caber ese «objeto» y tácitamente fue expulsado. Y por lo tanto, el abandono tiene también otro componente.

Hay junto a todo ello otro par de sentimientos que se activan: la impotencia ante el legítimo movimiento que realiza otro miembro, y la dificultad de tolerar, aceptar la libertad del otro. La impotencia es un duro sentimiento que aparece en las personas cuando constatamos que el poder que tenemos sobre los demás, siendo grande, no es ilimitado, infinito. Eso habla también de que los lazos de interdependencia que establecemos entre nosotros tienen un límite que es el de la lógica libertad que tiene el otro para hacer lo que cree que debe hacer. Aparece con frecuencia una idea de grupo como la de un organismo que tiene un poder inmenso sobre sus miembros (lo que genera una reacción fóbica importante) e incluso hay quienes consideran importante que exista una cohesión grupal entendida como un alineamiento (¿o debería decir alienación?) de todos con todos. Esa es la idea, la fantasía del «uno para todos, todos para uno» e demás similares y que para Nitsun es un elemento antigrupal. De hecho, la construcción mental de un grupo con poder ilimitado no deja de ser una identificación proyectiva de un aspecto omnipotente sobre el grupo como globalidad. Evidentemente es una resistencia grupal a la libertad individual. Tolerar y aceptar que cada uno también tiene un grado de funcionamiento que se sale de las pautas del colectivo es algo que en ocasiones cuesta mucho. Esto sucede hasta en las mejores familias.

Con todo, e independientemente de cómo se vayan tejiendo las cuestiones del grupo, ¿te planeaste llamar? Esto tiene una ventaja: aclarar la situación. Es decir, no se trata de llamar para convencerla que venga, sino para aclarar qué pasó, para tratar de saber de ella y poder transmitir al grupo algo que posibilite poder cerrar el tema. Cierto que desde ciertas posturas más ortodoxas tenderíamos a no decir nada y ver qué fantasías genera tal abandono; pero hacer esto es jugar a favorecer la desconfianza. Si lo que pretendemos es que se hable de todo, ¿vamos a callarnos nosotros? No parece coherente con la propuesta de trabajo.

La Función Verbalizante tiene aquí un objetivo considerable al abordar no sólo las lógicas interdependencias que se han establecido y que han podido intervenir en el hecho sino, al mismo tiempo, poder tolerar las limitaciones que tenemos los humanos frente a la libertad de decisión de alguien: muchos son los tipos de abandono que hay en los grupos y en la vida. Todos dañan, tanto al que marcha como a quien se queda. Esa capacidad de aumentar la digestión de estos hechos corresponde también a esa Función.

 

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