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Miércoles, diciembre 12, 2018
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106) No sabía muy bien qué hacer ya que la respuesta me produjo un enfado… 

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tranquilidad

106) Aportar tranquilidad es una idea interesante, pero para ello debo estar tranquila yo. Y la verdad es que me sentí mal, no sabía muy bien qué hacer ya que la respuesta de la Sra. B. me produjo un enfado grande. Hice lo que el sentido común me dio a entender, pero ciertamente me sentí mal, incluso con ganas de desaparecer y dejar que el grupo se las apañara solo. Incluso creo que la odié un poco. Ya sé que no debo sentir eso, pero algo así pasó en mí.

Entiendo bien lo que dices. Son pensamientos y sentimientos que nos vienen con alguna frecuencia. Y nos asustamos. La función contenedora no es pasiva, requiere de un esfuerzo importante por tu parte (y también lo será por parte de los demás) en contener lo que te provocan los sentimientos que emergen de los relatos o las actuaciones de los miembros del grupo. Para ello requerimos separar lo que tiene que ver con nosotros, con nuestras propias experiencias y los sentimientos asociados a ellas, y lo que sucede en el grupo. Sólo así podemos intervenir no desde la contra-actuación, la respuesta, la réplica, sino de forma que pueda serle útil al paciente y al grupo. Es bueno que hayas podido conectar previamente, a lo largo de tu formación, con estos mismos sentimientos ya que ello te da la posibilidad de manejarlos con mayor seguridad. El odio también forma parte de los sentimientos que se nos activan en lo que se denomina contratransferencia. Uno puede odiar y otro puede hacerse odioso. Son formas de conexión entre los humanos. Negarlas no nos ayuda, reconocerlas sí.

 

Hace muchos años, J.L. López Atienza como yo mismo propusimos realizar un período de supervisión tras las Jornadas sobre Hospital de día que organizamos conjuntamente entre el del Hospital de Bilbao (Basurto), en el que trabajé, y el Consorcio Uribe Kosta (Gecho, Vizcaya), Quienes nos supervisaron (Dres. Melendo y Guzmán), nos aconsejaron leer un texto de Winnicott (1981) que me sorprendió. La sorpresa derivaba del hecho de que para mí, en aquellos momentos, no podía pensar que tal cosa pudiésemos sentir los que nos dedicábamos a este oficio: “El odio en la contratransferencia”. Nos recuerda el genial pediatra y psicoanalista que el odio es algo que aparece en la relación asistencial y que el hecho de reconocerlo nos permite manejarlo mejor. En realidad corresponde a un sentimiento que uno no tiene en principio ante un paciente o ante una persona, pero que surge porque algo emerge en la relación que activa, contratransferencia mediante, ese sentimiento en ti. Winnicott, situándonos en la posición del trabajo con pacientes psicóticos, señala que el analista debe ser capaz de ser tan plenamente consciente de la constratransferencia como para separar y estudiar sus reacciones “objetivas” ante el paciente. El odio se halla incluido en ellas. (1981:268). Te recomiendo su lectura.

La situación en la que nos encontramos con una cierta frecuencia viene caracterizada por una cierta o gran dificultad para poder pensar. Por lo general se trata de situaciones en las que lo que sucede ante nuestros ojos en el grupo, contiene suficientes dosis de tensión, de agresividad (larvada o no) cuya detección es capaz de paralizar nuestro aparato psíquico y no ver más allá de nuestras propias narices. Una de ellas viene enmarcada por relaciones cargadas de identificaciones proyectivas más o menos mutuas y compartidas. Ahí, lo más lógico y probable es que sientas mucha rabia, enfado y cabreo. Y en estos sentimientos encontramos el odio. Llegamos a odiar a estas personas por ponernos en una tesitura y en una tensión tan elevada, y porque esta misma tensión es capaz de paralizar nuestra propia capacidad de pensar. Pero claro, cuando uno es capaz de percibir que su capacidad de pensar se ha paralizado o enlentecido, quizás también es capaz de comenzar a pensar no sólo en los niveles de enfado sino en los de odio y deseo de destrucción que está sintiendo. Cuando empezamos a darnos cuenta de ello, nuestra capacidad para pensar se recupera. Como señala Winnicott, podemos separar el odio de otros sentimientos que también están ahí, en nosotros. Y acabar pudiendo odiar objetivamente (Winnicott, 1981:270). Porque odiamos algo que percibimos en el otro y que se asemeja mucho a algo que también tenemos, nos pertenece pero que no aceptamos. En estas situaciones, el lazo interdependiente que establecemos con el paciente une zonas comunes y no aceptadas plenamente por uno mismo. Esto nos sucede como individuos y como grupos humanos. Cuando el odio emerge ante personas de otras culturas o de otras regiones es porque hay muchas cosas similares entre el ser o la persona odiada y nosotros. Y suelen ser cosas que odiamos en nosotros mismos pero al tiempo, no las reconocemos o acabamos de reconocer como propias: tanto las odiamos que las hemos exiliado de nuestro ser, de nosotros mismos; aunque es un exilio imposible ya que siguen estando, habitando en nosotros.

Pero ya hemos avanzado. Cuando puedes pensar y considerar los diversos sentimientos que se activan, significa que se ha recuperado o se está recuperando la capacidad de tu aparto psíquico. Esto sucede cuando dices que «me sentí mal, incluso con ganas de desaparecer y dejar que el grupo se las apañara solo. Incluso creo que la odié un poco», indicas que tu capacidad de pensar sigue en pie. Rogers, C. (1987) nos trae a colación a Bion quien sugiere que la identificación proyectiva y el pensar son vías alternativas para expresar estas frustraciones y que el mejor continente vendrá de una creciente capacidad para pensar y una menor necesidad evacuativa. La frustración puede ser modificada tanto por la capacidad de pensamiento como evitada por la evacuación. Si la capacidad de tolerar la frustración es suficiente, se crean pensamientos así como desarrollamos el propio aparato para pensarlos.[1] (1987:104). Por esta razón es importante mantenerse en la posición del conductor que desarrolla la Funcion Verbalizante de la que hablamos.

Es importante esto porque nos permite considerar en qué medida cuando aparecen las actuaciones, los enfados fuera de tono, las reacciones de tipo visceral, es porque las capacidades de pensar o han desaparecido o han disminuido hasta que el aparato de pensar ya no puede hacerlo. Zender, J.F. (1991) tiene un trabajo muy rico en el que nos define la Identificación proyectiva como aquel constructo teórico que nos permite entender hasta qué punto los significados psicológicos y los contenidos mentales son interacciones emocionales que ocurren de forma predominante en un nivel no verbal y que proviene de nuestros primitivos desarrollos pre-verbales de nuestra personalidad (1991:117) y nos recuerda que  las experiencias de identificación proyectiva son distorsionadoras porque el terapeuta está secretamente atrapado por desconocidos e indeseables estados afectivos[2](1991:120).

Lo que sucede cuando reaccionamos así es que nos vemos atrapados por una serie de aspectos que el otro nos traslada porque no puede verlos ni aceptarlos. ¿Cómo nos las apañamos para poder seguir manteniendo la capacidad de pensar y sentir, al tiempo que somos depositarios de este material radiactivo, y devolvérselo de forma que no le haga el daño que considera que le va a hacer? Es una cuestión porque la vivencia que se tiene es la de sentirse poderosamente manipulado y manejado por el otro y de ahí las ganas de enviarlo todo a la porra. De hecho esta es una de las razones por las que utilizamos este mecanismo de defensa. Al sentirse manipulado, uno podría reaccionar justamente en la dirección contraria a la que sería la supuestamente correcta: que es la contenedora. Capacidad que no necesariamente es pasiva.

En estos momentos uno comienza a pensar en qué cosas dicen o hacen las personas que están ahí, contigo. ¿Recuerdas cuando hablábamos de la película de Woody Allen?: es como desarrollar la capacidad para ver la película sentada en la butaca, o la obra de teatro sin tener que meterte en la escena. Y, tras esta primera operación, trata de ir viendo qué cosas no puedes o no toleras ver u oír en lo que está pasando. Y una vez comprendida esta situación, la intervención que realizas ya no está tan cargada de aquello que el grupo o algunos de sus componentes aporta, por lo que puedes devolver una visión totalmente desenfadada de lo que está sucediendo. Te irás dando cuenta a medida en que expongas tu pensamiento, y si te escuchas verás que, en este desarrollo de ideas aparecen pistas que te informan de lo que les imposibilita escucharse. Ahí tu intervención tiene buenos resultados. Como los puede tener si consideras qué elementos quedan depositados en los demás, de la explosión que dicho paciente está teniendo.

En estas situaciones, a veces hay que recurrir a otro aspecto del que no se suele hablar. La capacidad de humor, la capacidad de poder desarrollar un sistema de intervenciones que conviertan aquella escena que tiene una pinta de estar cargada de dinamita en otra en la que el explosivo queda diluido por efecto del humor. Grotjahn es, creo yo, el único que incluye el humor como un ingrediente terapéutico. Y es que el humor, como el juego, son poderosísimos instrumentos que nos pueden servir para desdramatizar situaciones complejas, altamente explosivas. No estoy diciendo, claro está, que nos debemos reír de los pacientes. Incluso te diría que tampoco de sus situaciones, que suelen ser dramáticas y de mucho sufrimiento. Pero si eres capaz de ver en la situación en la que nos encontramos el elemento que posibilite, humor mediante, poder reactivar la capacidad de pensar, bravo. En ocasiones un chiste, un comentario sobre una escena parlamentaria o cinematográfica, un llevar la situación a posición absurda, un exagerarla hasta convertirla en sí misma como algo ajeno a lo que cuentan, son salidas pero que muy oportunas ante una situación dolorosa.

O incluso el juego. Fíjate que si en un momento dado en el que como en el caso que explicas, pudiésemos representarnos como muñecos de guiñol o como actores de un drama siciliano, tu intervención, como consecuencia de irrumpir mediante algo totalmente imprevisto, tiene el efecto de descolocar y posibilitar seguir pensando a pesar de lo que se está sintiendo. Yo, incluso en algunas ocasiones, hago como que consulto una chuleta especial que tengo en mi tarjetero, tratando de encontrar la salida a una situación complicada. Esto, que hasta ahora ha sido así, ha tenido un efecto altamente positivo para todos.

Al reconocerte la capacidad de odiar comienzas a instalar la capacidad de pensar sobre ese sentimiento activado en la relación. Por eso, la Función Verbalizante tiene la responsabilidad de poder seguir poniendo palabras a sentimientos que emergen de la relación en el grupo, que circulan por la matriz grupal y que, al haber sido detectados también por ti, pueden ser manejados con menos peligrosidad. Así seguimos manteniendo la capacidad de pensar y de sentir sin que ello sea vivido como peligroso.

 

 

[1] Traducción del autor.

[2] Traducción del autor.

 

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