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Miércoles, diciembre 12, 2018
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102) Recuerdo que la situación fue muy impactante, a mi misma me descolocó… 

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102) No sé, pero recuerdo que la situación fue muy impactante. A mí misma me descolocó. Y en cierta medida, maldije su comentario, su forma de presentarse, ya que temí por la reacción de los demás. Me indicas que debo pensar en cuánto me atañe la reacción que aparece: sólo puedo decir que, en ocasiones, en el propio lugar de trabajo, cuando se incorpora alguien percibo un abanico de reacciones muy curioso que va desde quien está preocupado por su currículum, quien le somete a un interrogatorio de sexto grado, quien hace comentarios respecto su persona, etc. La verdad es que no siempre el recibimiento es de aplausos. Es más, se le exige un nivel de funcionamiento y se hacen todo tipo de cábalas sobre a ver qué va a hacer esa persona, más que a valorar y aplaudir su llegada.

Y es lógico. El miedo es algo natural y lo llevamos todos en el cuerpo. Pero la cuestión se sitúa en si lo llevamos o nos lleva él. Cuando es lo segundo las reacciones son o pueden llegar a ser muy violentas. Y es que se ponen en juego un montón de elementos vinculados a la identidad tanto individual como colectiva. Y cuando eres capaz de buscar los equivalentes en tu referencia laboral, por ejemplo, comienzas a tener una comprensión más completa de la situación del grupo al que perteneces. Tú, Lola, como todo profesional perteneces a un colectivo y trabajas en un marco determinado en el que también se dan este tipo de reacciones. Eso supone que cuando miembro del grupo activa en el mismo una situación que se asemeja a estas otras que también vives, es difícil separar internamente qué es lo que pertenece al grupo y al «no grupo». De hecho ante tus ojos se muestra una situación pareja y las reacciones que ves aquí se asemejan a las de allí. Incluso podríamos pensar hasta qué punto, cuando lo incluyes más tarde, no estás, al mismo tiempo y en cierta manera, tratando de resolver una situación que está en la frontera de los dos grupos porque alude a los dos. De la misma forma que a ellos les sucede algo similar. Esto te da pie a reflexionar sobre los paralelismos existentes entre sus grupos y este grupo.

 

Estamos hablando de miedos profundos, temores que anidan en las profundidades de nuestro ser y que tienen su correlación en la superficie del terreno que no es otro que señalar con la señal de tráfico de “peligro indefinido”, que ahí se anda o debe andar con precaución. El temor a la pérdida de la identidad anida en todos nosotros. Identidad individual y colectiva. Y si no mira lo que sucede en las relaciones entre grupos humanos, pueblos, países. Como bien señala Volkan (2004) aplicándolo a contextos grandes, cuando la identidad se siente amenazada, la reacción de odio y violencia se activa en el grupo humano. Aplícalo al pequeño. Todos sabemos que en un grupo de psicoterapia que se desarrolla en un entorno clínico, no hay un peligro real. Pero es que no hablamos de esa realidad, sino de la realidad psíquica que es otra. Los temores psíquicos ahondan sus raíces hacia temores muy remotos. ¿Recuerdas que en una pregunta anterior te comentaba que era buena guía bucear en situaciones primitivas, de categorización casi psicótica? En la infancia, en los primeros momentos del desarrollo del bebé, el temor a ser aniquilado, a perder la vida, a no existir, cubre buena parte de los momentos de tensión en las que vive el cachorro humano. Son temores primitivos, universales, pertenecientes al grupo humano, que se reproducen y actualizan en los individuos que lo constituyen. Son temores de naturaleza psicótica, estructuralmente hablando. Son temores anclados en nuestra naturaleza biológica que data como poco, doce millones de años. Todo ser vivo teme por su supervivencia, a que un agente externo a él lo pueda aniquilar. Nosotros también somos biología.

La amenaza de un peligro indeterminado activa la creación de fantasías cuyo objetivo puede ser también el de generar respuestas adaptativas. Pero éstas no siempre se adaptan en la dirección evolutiva sino que buscan soluciones anteriores para resolverlas. Para ello buscamos en nuestros archivos personales mecanismos que nos hayan servido, más o menos, para paliar esta angustia. A este movimiento por el que buceamos de forma inconsciente en nuestras experiencias vitales, lo denominamos regresión. Para Nitsun (1996) cuando el elemento regresivo arraiga en el grupo acaba constituyéndose en un elemento antigrupal. El grupo, las personas que lo constituyen pueden reaccionar impidiendo la entrada de alguien, descalificando la importancia de los hechos que se desean compartir, actuar violentamente contra el tratamiento o contra el conductor del grupo, abandonarlo por no querer o poder incorporar el cambio propuesto. E definitiva: organizar respuestas primitivas, regresivas. Sabemos que una regresión es un retorno en sentido inverso, a partir de un punto ya alcanzado hasta otro situado anteriormente; considerada en sentido tópico, la regresión se efectúa, según Freud, a lo largo de una sucesión de sistemas psíquicos que la excitación recorre normalmente según una dirección determinada; en el sentido temporal, la regresión supone  una sucesión genética y designa el retorno del sujeto a etapas superadas de su desarrollo; en el sentido formal, la regresión designa el paso a modos de expresión y de comportamiento de un nivel inferior, desde el punto de vista de la complejidad, de la estructuración y de la diferenciación. (Laplanche, Pontalis, 1981). Si el grupo puede optar, tácitamente, por varias soluciones. Una es escindir la experiencia del que vino para no incorporarla como una experiencia más de todos nosotros. Puede negarla, y negar el valor afectivo asociado. Puede expulsar a quien aporta una experiencia que les asusta. Puede agredirse a sí mismo, colocándose en posición de ataque y fuga. O agredir al conductor haciéndole responsable del malestar. Todas estas respuestas, dañan al grupo y pueden desintegrarlo.

La alternativa es incorporarla. Esto representa poderla encajar, hablarla, dialogarla para entenderla lo más posible. Y a partir de ahí se consigue algo fantástico: se incrementa el vínculo entre todos porque se reasegura la capacidad integradora y la confianza mutua.

Las incorporaciones suelen remitirnos a situaciones muy complejas. Los temores que se activan por el hecho de encontrarse con esta o estas personas facilitan que se activen, de forma totalmente involuntaria, mecanismos que tienden a incrementar la sensación de malestar, de desestructuración, de pérdida de la seguridad en el grupo mismo o en uno mismo, o en el conductor. Son momentos vividos también en los núcleos familiares. El nacimiento de hermanos, las incorporaciones de familiares que deben ser acogidos por los hijos, enfermedades que vienen a formar parte de la familia, todo ello son activadores del miedo, del pánico. Son temores vividos en primera o en tercera persona. Comentarios, frases, actitudes, comportamientos que avisan a los miembros del grupo de que hay un peligro. Por ejemplo, cuando los padres les decimos a los hijos pequeños que no coman nada de lo que personas extrañas les puedan ofrecer en la calle, estamos señalando un peligro, quizás exagerado, pero vivido como que puede ser muy real. O en otras ocasiones, cuando nuestro hijo pequeño comienza a bajar algunos escalones, tememos que caiga: si ante este temor reaccionamos de forma intranquila, el niño percibe que algo sucede, que hay un temor en el ambiente y puede asociarlo a los escalones o a alguna otra cosa que perciba como novedosa. Ha detectado la intranquilidad y la toma como propia —algo parecido a esto lo señalaba Sullivan—. En ocasiones la expresión de este temor toma dimensiones que acaban mitificando los elementos novedosos y haciéndolos, peligrosos per se. Entonces reaccionamos, o bien rechazándolo —una forma de escisión—, o banalizando la situación —una forma de negación— con lo que tampoco conectamos con el miedo que tenemos.

Las sociedades, los grupos, reaccionan igual ante lo novedoso. La inmigración, por ejemplo, es un importantísimo activador de temores que en ocasiones vienen corroborados por los hechos; pero no necesariamente siempre. Las dificultades de los grupos, y mucho más los grandes, en incorporar al extranjero, al extraño, son grandes. Recuerda que la ansiedad no deja de ser una respuesta ante un temor irreal, fantaseado y que puede convertirse en real. Expresa la reacción individual y colectiva ante algo desconocido y que viene condicionada por las respuestas que ante situaciones desconocidas ofrece el grupo familiar en el que nos hemos formado. La identidad está en un permanente estado de actualización. Sólo queda rota o fragmentada cuando la intensidad y la rapidez de los cambios supera la capacidad de integrarlos. El conductor no está excluido de estas reacciones. Y más allá de que pueda o no compartir esos temores, aparecen mediante pequeños movimientos faciales, una ceja que se levanta, un suspiro llamativo, que hablan de ello. Y cuando nos encontramos ante estas situaciones que activan nuestros temores, ¿qué hacemos?

Podemos intervenir en dos direcciones: contrarrestando la reacción que emerge, subrayándola como algo que tiene que ver con la fantasía de pérdida de la identidad grupal e individual, o señalando en ocasiones de forma clara y contundente cómo ante la amenaza, transformamos el miedo en ataque. Y ejemplos hay por docenas en el terreno social. Los movimientos nacionalistas, por ejemplo, son una reacción ante ello: cerremos fronteras, que salgan los no autóctonos, ¡nuestra identidad está amenazada! Los reproches que pueden emerger no son sino indicativos del miedo que tenemos. De hecho, el reproche consiste en eso: atribuir al otro el origen de nuestro miedo y desear que se quede ahí. Y el mecanismo que activa fácilmente es el de la identificación proyectiva. Rogers, C (1987) tiene un sugerente trabajo en el que indica que una interpretación que olvida preguntarse sobre la forma cómo la persona alcanza lo que necesita y por qué esta persona no lo puede poner en palabras, confirma la identificación proyectiva como un medio efectivo y valioso de comunicación y las personas inconscientemente perciben que se confirma y acepta su uso incluso si ahora se responsabilizan de un aspecto de sus necesidades. La atención puesta tanto en el contenido como en la naturaleza es más frustrante para el paciente pero facilitará un cambio en la cultura del grupo en vez de utilizar más el diálogo. (1987:101) La identificación proyectiva es un poderoso mecanismo de comunicación y de poder que iremos abordando en varias ocasiones. Ahora bien, dado que este mecanismo tiene un punto dañino, habrá que buscar otro sistema para poder digerir lo sucedido. Para ello habrá que ver cómo se han activado las reacciones contratransferenciales del resto de los miembros del grupo. De hecho el susto es una expresión de ello. Y habrá que ver como poder abordarlo.

Rogers (1987) propone dos vías para modificar la posición proyectiva y contraproyectiva. Dice que hay dos aspectos que nos pueden ser útiles para evitar la posición de contra-identificación proyectiva: en primer lugar, reconocer que los sentimientos que se tienen no pertenecen a uno mismo (…) y en segundo lugar «odiar» lo suficiente a quien hace de proyector como para subrayar la frontera entre él mismo y los demás, esto es, devolver los sentimientos sobre el proyector original (ibídem: 102). Dos elementos, el de ubicar lo que uno siente en el otro y la delimitación de límites, que nos posibilitan un mayor control sobre lo percibido y sentido. Con ello estamos ante una serie de sentimientos que tienen como finalidad inconsciente ubicar al otro en una posición determinada respecto a uno. Por esto, cuando te encuentres en estas situaciones que tienen la fuerza de paralizar la capacidad de pensar, bueno será tratar de que ésta no se paralice. Tendremos que ver si podemos entender al «proyector«, ver qué parte del relato asusta, qué tipo de susto genera y captar su propio susto. Pero también habrá que ir a la pantalla sobre la que se proyecta. Y hacer el mismo proceso. Ya que nuestra finalidad es mantener la capacidad pensante sobre la actuante. Así nos ayudamos todos.

La identidad de los miembros del grupo queda cuestionada con facilidad y en muchas ocasiones el terremoto que les supone el escuchar determinados relatos parece ser capaz de destruir aquellas estructuras con las que cada uno se ha ido constituyendo a sí mismo. Si lo que sucede o se cuenta o calla en un grupo tiene características sísmicas importantes, el conductor debe poder intervenir para ir reasegurando que la identidad de las personas que han participado en la situación, se mantiene. Que uno no se derrumbe por el hecho de escuchar o de vivir determinadas situaciones duras o complejas. Y si caen algunos cascotes quizás era porque no estaban suficientemente sujetos.

La Función Verbalizante tiene un aspecto aquí que permite restaurar la propia identidad ante las fantasías de pérdida de la misma. Sólo incorporando estas fantasías al flujo del pensamiento que queda asociado a los hechos del grupo, los miembros que lo componen van pudiendo integrar esos aspectos disociados y perdidos de la identidad personal. La restauración de la identidad, gracias al abandono de las fantasías de pérdida de la misma, forma parte de la función que estamos desarrollando.

 

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