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Lunes, noviembre 20, 2017
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10) ¿Cómo articulamos individuo y grupo mientras pensamos en la intervención psicoterapéutica? 

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10) Entiendo que estás abordando la visión del individuo desde una perspectiva más global, ¿Cómo articulamos al individuo y grupo al tiempo que pensamos en la intervención psicoterapéutica?

Reconozco, Lola, que no me resulta fácil ubicarme en un punto concreto de este continuo. La formación básica que he tenido, como la mayoría de nosotros, me lleva fácilmente a la situación individual y desde esta perspectiva he trabajado muchos años; sin embargo, en este momento, creo que debiéramos pensar, no tanto en lo grupal como alternativa a lo individual, sino en la realidad o no de esa dicotomía. Quizás sea una dicotomía falsa. Es decir, podemos ver al individuo como la muestra más elemental e indivisible del tejido social del que todos formamos parte, pero no establecer la dualidad grupos versus individuo. Si formásemos una misma unidad, o dos facetas que se dan al unísono, eso nos permitiría poder explicar los fenómenos tanto desde el punto de vista individual como grupal, social e incluso, universal. Para mí, lo macro y lo micro no son aspectos opuestos sino que forman parte, el uno y el otro, de una misma realidad y al mismo tiempo; este último aspecto es importante ya que tendemos a considerar que uno antecede o sigue al otro, siendo dos realidades que se dan al unísono. En este sentido ya en el 2005 (Sunyer, 2005) me animé a considerar que es posible abordar el individuo desde una perspectiva grupal: sólo requiere considerar la relación que se establece entre el paciente y el profesional como el agente psicoterapéutico básico; y a ambos, como una extracción temporal del tejido social al que pertenecemos. Como puedes pensar, seguimos con la idea del significado, pero el referente, es decir, el conjunto de elementos que enmarcarán nuestra actuación, se está comenzando a dibujar.

Esto es parte de un complejo debate. En un texto de fácil lectura como el de Langaney, A., Clottes, J., Guilaine, J., y Simonnet, D. (1999), se pone de manifiesto una relación sin solución de continuidad entre los aspectos más insignificantes de nuestro ser, o mejor, de la naturaleza, con los más evolucionados, entre aquellos que se inician en el Big Bang y el desarrollo de la cultura. Es un texto cuya lectura me impactó. Ciertamente, la tradición de los últimos siglos nos lleva siempre a poner el acento en el individuo; sin embargo, y tal como lo planteara Foulkes, él mismo estaba en la misma lucha o debate. Es decir, ya en su propio planteamiento teórico aparecen dos facetas, la ortodoxa y la revolucionaria (Dalal, 2002). Entender los procesos fisiológicos también como expresión de los aspectos relacionales de ese individuo con su entorno grupal y social, y hasta consigo mismo, nos aporta una posibilidad única de comprender la unicidad del ser humano y de dar mayor coherencia a nuestras intervenciones e interpretaciones.

Cierto es que al pensar en la palabra psicoterapia nuestra tradición occidental nos lleva a subrayar la labor de acompañamiento de los aspectos psicológicos de la persona, en su faceta individual. Ahí se abren, al menos, dos caminos: el primero corresponde a la mayoría de las escuelas de psicología como pueden ser el Conductismo, Cognitivismo, los primeros modelos neuropsicológicos, etc. y que nos lleva a contemplar al sujeto como “objeto de estudio” y, en consecuencia, trataremos de ir descubriendo, desentrañando, la estructura y la fisiología de los procesos psíquicos individuales. Tanto el Psicoanálisis ortodoxo o clásico, Freud, Abraham, Fenichel, Jones, Klein, Reik, Reich, como cualquier otra aproximación (quizás deberíamos excluir un poco a la orientación sistémica), ven al sujeto como la caja negra de estudio. Sus conductas, sus pensamientos, sus emociones, su fisiología, sus órganos… corresponden a un individuo, a la parte indivisa de nuestra existencia, una forma de entender muy similar a la óptica médica; e incluso, en un esfuerzo importantísimo como es el planteamiento grupal de Bion, se ve al grupo como un objeto de estudio trasladando lo indiviso a lo que podría llamarse célula grupal. Desde esta perspectiva, el profesional es un observador ajeno que estudia, interpreta, aporta información desde su (supuesta) objetividad. Apenas hay una vinculación, y cuando la hay (el psicoanálisis la descubre y la pone sobre el tapete del propio proceso al hablar de transferencia y contratransferencia), se sigue viendo como algo que está, que nace y que se gestiona en la mente del otro (o incluso, en la mente del propio analista).

El segundo camino es el que nos lleva a contemplar a la persona en relación[1] a las demás. Te recuerdo lo que decía Moreno al hablar del concepto “encuentro” quiere decir que dos personas no sólo se hallan juntas sino que se experimentan una a otra, se captan, cada una con la totalidad de su ser (1987:81). Ahora bien, mientras que unos se centran en la relación con el otro, hay quienes vamos un poco más allá, viendo a la persona como expresión individual del fragmento grupal, social, en el que se encuentra y nos hallamos (ahí nos incluimos como profesionales). En consecuencia, el objeto de estudio se coloca en la relación, o mejor dicho en el individuo en interrelación e interdependencia con los demás y entrelazado con nosotros como parte del trasfondo social, cultural, en el que nos encontramos y del que somos inseparables. Ello conlleva poner en un primer plano de nuestra atención no sólo estos aspectos de la persona o personas con las que trabajamos y los nuestros (que están ahí, no se pueden negar), sino también aquellos que emergen de la propia situación asistencial, relacional, de la trama de interrelaciones que ahí se establecen entre todos los implicados en la misma, teniendo estos aspectos expresiones de naturaleza psíquica pero también biológica, fisiológica, social, cultural, política, religiosa, económica, etc. En este caso hablamos ya de un grupo; aún siendo dos personas las que se encuentran en la consulta.

Y entonces vemos que se ha complicado un poco la idea de psicoterapia; porque una de las cuestiones a considerar a partir de este punto es qué aspecto o aspectos de sus elementos psíquicos tomamos en consideración y en qué posición me ubico como profesional. Si seguimos la tradición individual sólo podríamos hablar propiamente de psicoterapia en tanto que nuestra atención está centrada en los aspectos psicológicos del paciente; del paciente entendido como aquella persona delimitada por su propia piel, el indivisus. En efecto, la “psique” suele ser entendida como algo individual. El “alma”, la “psique”, no se entiende como algo que transciende al individuo, sino como algo que queda “encerrado” en él. Y desde esta perspectiva, varios son los puntos en los que uno pone su atención: aspectos conductuales, cognitivos… Si nos iluminamos con la luz psicoanalítica, estos puntos guardarán relación con la estructura psíquica que esta teoría en su visión más clásica propone y con la comprensión de lo que significa conflicto psíquico, así como todas las aportaciones posteriores que han venido realizando autores como Klein, Greenberg, Kohut, Kernberg, y un largo etcétera. Pero si proponemos otra perspectiva…

Bien, ¿podríamos considerar el alma, la psique, como algo que trasciende al individuo? Cuando Le Bon (1983) introduce la idea de “alma de las masas, alma colectiva” en realidad alude a una entidad que surge por un lado con  “(…) un sentimiento de potencia invencible; a este hecho se le añade el contagio mental y finalmente el de la sugestibilidad, ¿recuerdas?  Cierto que está hablando de masa. Y cierto que, como bien indicara Freud, eso se debería a fenómenos no tanto de sugestión cuanto de identificación con el líder o con la o las figuras que lo personifican. Pero si recogemos la experiencia que tenemos de grupos grandes, por ejemplo, aquellos que están formados por más de 30 personas y que pueden alcanzar cifras verdaderamente asombrosas, podemos constatar los mismos fenómenos que describía Le Bon, si bien mediatizados por el objetivo que los integrantes de estos grupos tienen y que los desmarca de la idea de masa. Podemos decir que en esos grupos hay algo que se diferencia de lo individual.

En el libro de Moreno (1987) hay una experiencia divertida: colocaron a varios pacientes tumbados –sin verse unas a otras –y “se les aplicó la regla psicoanalítica de la libre asociación, esto es, a cada paciente se le dio libertad para que exteriorizara todo lo que le venía a la cabeza. El experimento no tuvo éxito”. Y ese no éxito era porque las asociaciones se fueron mezclando sin ton ni son, generando desconcierto y confusión. Vale. Algo divertido tiene el tema. Pero ¿por qué? Porque las miradas no se intercambiaban y, por consiguiente, los elementos de comunicación no verbal no transmitían esa información que precisamos para poder captar al otro. Eso lo traigo porque eso que podríamos llamar “psique colectiva”, que emerge en cuanto dos personas entran en relación la una con la otra, cobra fuerza y coherencia cuando todos los elementos de la comunicación están presentes. Cuando eso se da, se percibe claramente una entidad diferente a la individual, una entidad que podríamos calificar de psíquica que surge del entramado relacional de las personas que ahí se encuentran y de las interdependencias que se crean. Eso es lo que significa la idea de Lewin de que el conjunto es algo diferente a la suma de sus partes.

En efecto, en el proceso grupal se actualizan también una serie de aspectos vinculados con la relación que emerge, vía transferencia y via identificaciones, proyecciones e introyecciones, entre los miembros de un grupo: elementos de la estructura relacional, de la vida fantaseada y de la simbólica de todos y cada uno de los miembros. Desde la teoría psicoanalítica pensamos que el individuo exterioriza su mundo interno, es decir, el entramado de sus relaciones objetales y de las que tiene consigo mismo, así como las fantasías, deseos, temores y sentimientos varios que son el exponente de su propia estructura y que constituyen las características del sujeto. Con ello podemos ir ahondando en el conocimiento de su mundo psíquico y, por lo tanto, comprender mejor el propio proceso psicoterapéutico. Es decir, el individuo, o mejor, las relaciones de los individuos en el seno de un grupo, visualizan una trama relacional, un aspecto de la matriz de relaciones, que contiene las características internas de las personas que lo constituyen. Desde esta perspectiva, cuando hablábamos de  que el grupo era el lugar de la plasmación de las fantasías internas de sus integrantes (Klein, Bion, Anzieu), lo que estábamos diciendo era justamente eso: que cada individuo en el seno de un grupo proyecta, identifica, transfiere, etc., una gama de aspectos que son los que le constituyen y le anudan a los demás y a éstos con él. Y no sólo individualmente, sino en las diversas constelaciones (subgrupos) con los que esta persona está en relación. Esto tiene que ver con él y con cada uno de los demás miembros del grupo.

Pero estas relaciones, y déjame Lola que añada un elemento más, en realidad lo son con el conjunto de aspectos que estas personas, los miembros del grupo, también representan. Y ¿qué representan?, me dirás. Las personas sostenemos significados de un montón de aspectos de la realidad, de la esencia de la propia vida, de lo real y lo imaginado, de las fantasías, deseos y temores. Pues bien, eso es lo que las personas representan y con lo que cada uno se interrelaciona. Y estos elementos, se interiorizan en cada uno; los procesos de introyección, identificación e identificación introyectiva, van posibilitando eso de “los otros en mí”, que es, a la postre la psique de cada uno.

Eso significa darle la vuelta, es decir, pensar que estos aspectos son también interiorizaciones de estructuras, de elementos fantaseados y míticos, de símbolos y significados del grupo familiar y social en los que se ha crecido (por ejemplo, su familia, su colegio, sus centros deportivos y culturales…), y que se concretizan en su particular forma de ser, de pensar, de actuar, y que vienen determinados por específicas cargas simbólicas, lo que les vincula con la cultura y con el grupo social a través del lenguaje. En este sentido, somos como el grupo, es decir, como las diversas constelaciones de personas que han sido significativas nos han hecho y como el contexto social (político, religioso, económico…) al que pertenecemos nos marca y nos ha marcado. Es por esta razón que cuando planteamos un espacio y un procedimiento para “curar” a una persona, al considerar que sus dificultades han nacido en el seno de los grupos en los que creció, tenga sentido la la  frase que no recuerdo ahora dónde leí, y que decía “lo que el grupo enfermó, lo debe curar el grupo”. Nos encontramos entonces con un objeto doble: el grupo es formado por y forma a los individuos que lo constituyen. Dice Grotjahn “La mente no es una cosa, es una colección de imágenes personales, de padre y madre, hermano y hermana, amigo y enemigo. El grupo proporciona una oportunidad más completa para que el pasado se proyecte en la realidad de hoy.” (1979:17). A ello le añadiría, el grupo actualiza la realidad social en la que estamos y hace presente la manera como nos constituimos en tanto personas.

Foulkes y Anthony (1964) nos lo dicen de forma muy clara: Lo que sigue necesitando explicación no es la existencia de grupos, sino la existencia de individuos (…) parece que los individuos reaccionan en el grupo como si éste fuese su matriz, de la cual emergen sólo lentamente, como una tentativa, y bajo condiciones especiales (…) la convicción básica es que el grupo es una unidad más fundamental que el individuo (1964: 203-4). En este sentido, la idea de que el grupo es como una matriz básica cuyas fibras son las interrelaciones, interacciones y las pautas de relación, y cuyos puntos nodales son sus miembros individuales (1964: 205) toma una nueva dimensión. Lo grupal es algo que estaría en el cimiento de la individualidad. Impregnaría su existencia. Guillem, P., Loren, J. A., dicen, tomando la idea de Bion:consideramos que la idea sobre los grupos parte de una especie de “preconcepción grupal”. Utilizamos la idea de preconcepción a la que expone Bion en “elementos de psicoanálisis”: corresponde a una expectativa. Es un estado mental adaptado para recibir un restringido margen de fenómenos. Se trata de un elemento no saturado que hunde sus raíces en las primeras relaciones objetales. (1985: 23). Y añaden Pensamos que los fenómenos grupales existen independientemente de que los individuos se hallen reunidos o no. (1985: 24). En efecto, porque los fenómenos grupales preexisten y preceden a los del individuo que nace dentro de un contexto grupal que nos marca, nos conforma; y al tiempo contribuimos  a su formación. Esta es una nueva forma que toma la idea de Matriz en la que el conjunto de relaciones conscientes e inconscientes y los significados adjuntos a ellas que se tejen en un grupo proviene de anteriores matrices que han sido actualizadas en este grupo familiar.

Desde una posición más interrelacional o interpersonal, podríamos pensar que el proceso de ayuda, el proceso psicoterapéutico grupal, se establece en el espacio que media entre las personas que constituyen el grupo y el grupo como globalidad, de forma que cada componente puede rearticular un espacio de pensamiento similar al que estableció en su día con la figura materna. (Sunyer, 2002) Desde esta posición intermedia se visualizan todos los aspectos implicados en la relación, tanto los singulares de cada cual y que lo articulan al grupo mediante la activación de todos los recursos psíquicos del individuo (recursos psíquicos, físicos), como de los sociales en tanto que el grupo reproduce y actúa también, los elementos del contexto en el que se sitúa. El grupo, las interrelaciones entre las personas que lo componen, las interrelaciones entre las diversas constelaciones de personas que lo constituyen, me edifica, forma y conforma como sujeto al mismo tiempo que participo en la creación y conformación de ese grupo.

La concepción que te estoy proponiendo, Lola, se desvía de la que  podría  denominarse aplicación del psicoanálisis a la situación grupal y propone ver el grupo como la base desde la que opera el individuo. Creo, incluso, que desde este punto de vista se puede entender mejor la idea de matriz protomental de Bion.  Piensa, Lola, que el desarrollo de un cuerpo teórico que nos permita articular todo esto que te estoy diciendo no resulta fácil; todos (o buena parte de los que nos dedicamos al fenómeno grupal como instrumento terapéutico) provenimos de la escuela psicoanalítica y este origen, aún facilitándonos mucho la tarea de comprensión de los fenómenos psíquicos, nos dificulta la de encontrar un lenguaje que, en paralelo al psicoanalítico, posibilite la comprensión del análisis de las personas del grupo por el grupo incluido su conductor (que es la propuesta, posiblemente poco divulgada, de Foulkes). Pero no sólo porque provenimos de tal formación sino, y además,  por la influencia que deriva de la práctica asistencial.

Ciertamente, en la práctica clínica habitual, basada en el modelo individual que es un modelo predominante en la concepción del sujeto de nuestra sociedad,,, al menos la occidental, vemos el sufrimiento de la persona como ser “indiviso”: quien acude a la consulta es una persona aquejada de determinados problemas y que presupone, por lo general, que provienen de si misma. Cuando éstos son graves la persona suele venir acompañada por un familiar; pero dicho familiar por lo general se coloca de acompañante o como voz complementaria (en ocasiones única) de lo que le sucede al paciente señalado. Como el sufrimiento lo vemos colocado en la persona que viene nos es muy difícil desenfocar esta imagen para incluir en ella al grupo familiar al que pertenece (el grupo primario, que diría Foulkes). Este hecho complica una conceptualización grupal del ser humano. Es más: nosotros, los profesionales, hemos sido formados desde una determinada perspectiva que señala al individuo como el “objeto” a tratar. Todas nuestras cavilaciones acaban considerándolo así, no pudiendo o siéndonos muy difícil pensarlo de otra forma. Ahora bien, la modificación copernicana puede realizarse renunciando un poco a nuestro narcisismo. Podemos pasar a pensar que el individuo no es el centro del universo; que somos una partícula en un entramado de relaciones complejo y dinámico (eso es, cambiante) y que sufrimos sus consecuencias como las sufre cualquier objeto sometido a la gravedad, por lo que el padecimiento de una persona siempre alude a las dinámicas que se dan en los contextos grupales a los que esta persona está vinculada. Desde esta visión, una persona no deja de ser sino el representante de un grupo, normalmente el familiar, al que pertenece, y la sintomatología que presenta, la mejor expresión que ha encontrado para poder seguir en la matriz a la que está vinculada.

En efecto, si consideramos la matriz de relaciones conscientes e inconscientes en las que crecemos y nos desarrollamos, deberemos poner la atención en cómo se han ido estableciendo los lazos que vinculan unas personas con otras. Estos vínculos que además de formales  son afectivos, articulados en una red de simbolismos que dan significado a todos y cada uno de los movimientos que suceden, son también con los que cada miembro se ha ido constituyendo y ubicando en la propia matriz. Ha sido y es una relación dinámica, activa y por lo tanto hay un grado de participación de cada miembro en la constitución, mantenimiento, y posibles modificaciones de tal matriz. Considerar al sujeto, a la persona, como el producto o resultado de las relaciones, de las interdependencias vinculantes que se establecen y están activas en la matriz a la que pertenece, nos permite descubrir los elementos genéticos (psicológicamente hablando) que inciden en la aparición de la denominada patología mental, los aspectos psico-genéticos.

Si partimos de la idea de homines aperti, no podemos aceptar la idea del hombre aislado, a pesar de ser un individuo. La interrelación es una condición necesaria adjunta a la idea de homines aperti. El cachorro humano es desde su mismo inicio un ser que demanda la relación: al menos la que le pide estar unido a su madre para poder transitar los primeros nueve meses de su existencia. Muy posiblemente hay una protoidea de lo grupal antes de salir del útero materno; lo protogrupal entendido no como concepto, claro, sino como la vivencia de algo que va a ser, que se va a tener que dar para este proceso de crecimiento y maduración. El recién nacido busca, ansía el contacto con el otro. Si lo busca será, creo, porque hay algo que le lleva en esta dirección. Ese contacto (que muchas veces se protege y posibilita cuando se le coloca al recién nacido sobre su madre para que se recupere del esfuerzo del nacer) calma, alivia los supuestamente elevados niveles de ansiedad en el niño y, creo que también, en la madre: la madre también se ha separado de su bebé y precisa de un tiempo para restablecer el equilibrio perdido.

La intervención psicoterapéutica busca restablecer el equilibrio entre el individuo (ese ser indiviso, la parte viva más elemental de la humanidad) y el grupo (considerando al grupo familiar como la mínima expresión de lo social, lo grupal), un equilibrio que se rompió. Lo roto fue el vínculo, en enlace entre uno y otro. Esa rotura (ahí los diversos tipos de apego) no es necesariamente total; pero sí lo suficientemente importante como para que haya la queja, el grito de angustia del individuo que queda aislado. Este equilibrio busca ser restablecido a partir de las relaciones que se van a dar en el grupo, de las interdependencias que se van a tener que dar y que van a posibilitar zurcir la parte que quedó dañada. Al coser las zonas de la matriz grupal que emergen dañadas como consecuencia de las dificultades de sus miembros para restablecer los vínculos, se restaura el vínculo del individuo con los demás y se repara –al menos simbólicamente –el lazo dañado de unión con su grupo familiar y con la madre.

 

 

[1] Podríamos incluir posiblemente a Bowlby, Ferenzi, Hartman, Kohut, Horney, Fromm, Stack Sullivan,  Adler, Jung

 

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